Floretes se sitúa en la ambigüedad del lenguaje, allí donde este deja de ser inocente. Donde el halago no es celebración sino apropiación. El título despliega esa fractura: en catalán, el piropo; en castellano, el arma para la esgrima. La misma palabra nombra la caricia y la estocada. No es un juego semántico, es una estructura cultural: lo que parece ornamento es en realidad filo.
No representa la violencia; la piensa. Señala su forma más persistente: la que se naturaliza, se instala en el habla cotidiana y se transmite como tradición. Antes de la agresión visible están la invasión y la reducción del otro a objeto de mirada.
No habla únicamente de la agresión explícita. Habla de su antesala. De la palabra que cosifica, del gesto que invade, del comentario que reduce. De esa educación social que enseña a las mujeres a soportar, a sonreír, a no exagerar. La pieza desplaza el foco: no pregunta por la víctima, sino por el sistema simbólico que normaliza la herida.
Entre flor y filo, entre adorno y arma, la obra plantea una pregunta incómoda: ¿cuándo empieza realmente la violencia? Y, sobre todo, ¿por qué seguimos llamando flor a lo que hiere?
FLORETES
Fotoperformance
Dimensiones 54 x 72 cm
2026