«I am not a FLOWERPOT»

Ser un florero implica existir bajo una lógica de utilidad estética: estar ahí para embellecer el espacio de otro sin alterar nunca su estructura. No se espera pensamiento, conflicto ni opacidad; solo disponibilidad para la mirada.

La pieza parte del rechazo a convertirse en ornamento, presencia muda o complemento visual: una superficie agradable sobre la que se proyectan deseo, estatus y autoridad.

La identidad aparece recubierta, ensamblada y casi absorbida por una imagen que proviene de un universo pictórico asociado a la decoración burguesa: los jarrones florales de Albert Williams, construidos para producir armonía, belleza y complacencia visual. La imagen funciona como una segunda piel. La obra se apropia de esa estética amable no para reafirmarla, sino para tensarla desde dentro.

El puzle aparece aquí como un dispositivo ambiguo. Fragmenta y reconstruye una imagen concebida para decorar, convirtiéndola en una segunda piel ensamblada pieza a pieza. La belleza, lejos de manifestarse como algo natural, aparece como una construcción cultural adherida al cuerpo que amenaza con absorberlo por completo.

Sin embargo, la desaparición nunca es completa.

La obra habita deliberadamente una contradicción: utiliza una imagen diseñada para el confort visual mientras rechaza la función complaciente del arte. El espectador reconoce la familiaridad del motivo floral y la lógica aparentemente inocente del puzzle, pero esa misma domesticidad se vuelve inestable. La imagen deja de ser refugio y comienza a revelar los mecanismos de la norma.

El cuerpo se resiste. Hay algo que no termina de encajar en la imagen impuesta: una fisura, un exceso, una presencia que se niega a convertirse únicamente en soporte decorativo de significado ajeno. No hay contenedor exacto para lo que desborda su forma asignada.

“I AM NOT A FLOWER POT” no funciona como afirmación cerrada, sino como una frase que no termina de estabilizarse en su propio significado. Cuestiona así cuánto de la identidad ha sido construido desde la mirada exterior y cuánto permanece todavía fuera de su alcance.

La obra no rechaza la belleza de la flor ni su potencia sexual; rechaza convertirse en su contenedor pasivo. Se niega a permanecer en el silencio de la contemplación, reducida a objeto del deseo ajeno mientras su subjetividad queda relegada.

Porque quizá el gesto más político no consista en destruir la imagen, sino en habitarla sin obedecerla por completo.

«I AM NOT A FLOWERPOT»
Fotoperformance
54 x 72 cm (total 108 x 72 cm)
2026