Edging

Hay gestos insignificantes que contienen una época entera.

Lavarse las manos es uno de ellos. Es una acción elemental, casi automática, que puede significar higiene, cuidado, purificación o necesidad. Pero también puede significar una renuncia: separarse de aquello que acaba de suceder, declararse ajeno a una responsabilidad, actuar como si el agua pudiera disolver no solo la suciedad sino también la culpa.

En la tradición occidental, el lavado de manos está asociado a una forma particular de inocencia: la de quien, ante un conflicto, prefiere no intervenir. Pilato no decide simplemente no actuar; convierte su inacción en un gesto. Se lava las manos y, con ese gesto, establece una distancia entre él y aquello que sucede. La responsabilidad queda fuera del cuerpo.

Pero hay cosas que no desaparecen porque nos lavemos las manos. Y es precisamente esa imposibilidad de quedar fuera de ellas lo que convierte un gesto tan banal en una cuestión de responsabilidad.

EDGING retorna a este gesto y lo sitúa en otro régimen de temporalidad. Lo que podría ser una acción instantánea se convierte en una duración obstinada. Aquello que se quiere eliminar no desaparece inmediatamente: exige tiempo, insistencia, repetición. El machismo no aparece aquí como algo que pueda ser extraído del cuerpo mediante un acto de voluntad, sino como una estructura que resiste precisamente porque ha sido naturalizada, incorporada y repetida.

El tiempo, en este sentido, no es solo duración. Es la medida de una imposibilidad: la imposibilidad de desprendernos fácilmente de aquello que ya forma parte de nosotros.

Porque toda voluntad de transformación contiene esta paradoja. Querer dejar atrás una estructura no significa necesariamente haber dejado de formar parte de ella. Las formas de dominación más persistentes no son siempre aquellas que se defienden explícitamente, sino aquellas que han dejado de presentarse como tales; aquellas que se han vuelto invisibles dentro de los gestos cotidianos, de los deseos, de los privilegios y de las formas de relación.

Cuando una estructura se vuelve invisible, también resulta más difícil saber dónde termina la resistencia y dónde comienza la participación.

Es ahí donde el gesto se vuelve ambiguo.

Aquello que se presenta como una práctica de purificación puede adquirir también la forma del placer. La misma acción puede ser leída como resistencia y como goce; como un intento de destruir un símbolo de poder y, simultáneamente, como una aproximación a ese poder. La frontera entre oposición y deseo deja de ser estable.

Esta ambivalencia puede resultar más incómoda que cualquier denuncia directa. Obliga a considerar que un sistema de dominación no se mantiene únicamente por la fuerza de quien lo sostiene, sino también por su capacidad para producir deseo, comodidad e identificación. No todo aquello que nos oprime se experimenta necesariamente como una carga. Algunas estructuras persisten porque, de un modo u otro, ofrecen algo a cambio.

Y si pueden persistir también porque son deseables, la cuestión ya no es únicamente por qué no desaparecen, sino por qué continuamos aplazando su final.

En este sentido, EDGING no remite únicamente a una práctica sexual, sino a una determinada forma de temporalidad: la prolongación deliberada del límite, el aplazamiento del desenlace, la permanencia en un estado de tensión. El placer no reside necesariamente en llegar al final, sino en retrasarlo.

Esta suspensión puede leerse también como una forma del presente contemporáneo. Reconocemos las crisis, denunciamos las injusticias, anunciamos transformaciones, pero a menudo prolongamos indefinidamente las condiciones que las producen. Sabemos que algo debería cambiar y, sin embargo, continuamos habitando aquello que queremos superar.

El aplazamiento deja así de ser una simple incapacidad para actuar y se convierte en una forma de permanencia.

Quizá la cuestión no sea solo por qué no cambiamos, sino qué hay en esa permanencia que todavía nos resulta deseable.

Es en este punto donde el gesto de lavarse las manos recupera toda su carga. No se trata simplemente de eliminar algo, sino de decidir qué consideramos sucio, qué consideramos limpio y, sobre todo, quién puede situarse del lado de la limpieza.

La inocencia puede ser también un privilegio.

Lavarse las manos puede ser una manera de declarar que aquello que sucede no nos pertenece. Pero esta separación es menos inocente de lo que parece. No intervenir no es necesariamente ausencia de acción. La neutralidad puede convertirse en una forma de participación cuando el orden de las cosas depende, precisamente, de que continuemos sin intervenir.

La responsabilidad no comienza solo cuando actuamos. Puede comenzar antes: en aquello que toleramos, en aquello que normalizamos, en aquello que preferimos no interrumpir.

Por eso la frase I AM NOT WASHING MY HANDS no es simplemente la negación de un acto. Es también una negativa a ocupar el lugar de quien puede declararse inocente. Su repetición, casi litúrgica, desplaza el lavado de manos del terreno de la higiene al de la confesión, la culpa y la absolución. Pero la frase no ofrece ninguna absolución. Insiste en la imposibilidad de quedar fuera.

Y cuando el pronombre cambia, la responsabilidad deja definitivamente de ser individual.

I AM WASHING YOURS.

El «yo» y el «tú» dejan de designar posiciones estables. ¿Quién es responsable? ¿Quién es víctima? ¿Quién limpia y quién necesita ser limpiado? Las posiciones se contaminan mutuamente. La responsabilidad deja de ser una propiedad individual y se convierte en una relación.

Quizá esta sea una de las dificultades fundamentales de cualquier transformación real: no basta con querer eliminar una forma de poder si no estamos dispuestos a interrogar también las formas de deseo, beneficio y comodidad que la acompañan.

Porque quizá el problema no sea solo la persistencia de aquello que queremos transformar, sino la fantasía de que podemos llegar a quedar limpios de ello.

EDGING sitúa esta contradicción en un espacio deliberadamente ambiguo: entre la purificación y la contaminación, entre el placer y la incomodidad, entre la voluntad de cambio y la fascinación por aquello que se quiere abandonar.

Un gesto banal puede contener una pregunta política.

No porque el gesto ofrezca una respuesta, sino porque nos obliga a preguntarnos cuánto tiempo podemos mantener las manos ocupadas sin tener que admitir qué estamos haciendo con ellas.

Y hasta qué punto el deseo de transformar el mundo puede convivir con el placer de dejarlo tal como está.


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Vídeo monocanal
Duración: 14′ 26¨
2026