Iron Man es una reflexión performativa que desactiva, con ironía y contundencia, el imaginario del amor romántico que ha moldeado nuestras estructuras afectivas bajo los códigos del cine, la literatura y la cultura heteropatriarcal. Un modelo sentimental que ha beneficiado históricamente a los hombres, mientras ha producido dolor, sumisión y desigualdad para las mujeres, normalizando relaciones asimétricas entre víctimas y verdugos.
El título juega deliberadamente con la ambigüedad: Iron Man —“hombre de hierro”— evoca al arquetipo masculino frío, impenetrable, emocionalmente blindado. Pero también remite a ese hombre que plancha, que se plancha, que —literalmente— se aplica calor sobre el pecho para alisar su corazón. ¿Un gesto doméstico? ¿Una operación quirúrgica afectiva? ¿Un intento desesperado por resistir al dolor sin dejar arrugas?
El amor romántico en lugar de liberar a las mujeres, ha servido como un dispositivo para colonizar su subjetividad. En esta obra, la plancha se transforma en herramienta simbólica: instrumento de castigo, de control, pero también de orden. Planchar el corazón podría ser una forma de autocuidado extremo o una estrategia para seguir funcionando dentro de una estructura que perpetúa el desgaste emocional de las mujeres.
El gesto también interpela el agotamiento de los roles de género: planchar el corazón, una y otra vez, para poder seguir. Como si la única manera de sobrevivir al amor fuera endurecerse, o borrarse.
Desde otra lectura posible, Iron Man plantea la idea de un reinicio afectivo: una limpieza simbólica para volver a amar sin cargar las huellas de las heridas anteriores. Una especie de «volver a ser vírgenes» para otro amor, aunque sepamos que llegados a este punto, toda pureza es ya un artificio.
IRON MAN
Foto- performance
medidas 54 x 72 cm
2025